Entre las víctimas del holocausto, hay historias que han permanecido en el olvido durante décadas: las de las mujeres lesbianas y los hombres gays que sufrieron una persecución brutal por su orientación sexual e identidad. Durante el régimen nazi, no existía ninguna ley que prohibiera oficialmente las relaciones sexuales entre mujeres. Aun así, desde 1933, el régimen se encargó de destruir las comunidades lesbianas y sus redes de apoyo.
Las lesbianas no fueron perseguidas de manera sistemática como los hombres gays, pero muchas fueron encarceladas en campos de concentración como «asociales». Presas políticas, lesbianas, trabajadoras sexuales y feministas eran marcadas con el tristemente célebre triángulo negro invertido. En resumen, todas aquellas que se atrevían a desafiar el modelo de «reproductoras de la raza pura» impuesto por los nazis eran consideradas sospechosas y culpables simplemente para existir.
Todas las mujeres, su sexualidad y la independencia de las mujeres eran consideradas peligrosas. Cualquier marido podía denunciar a su mujer por lesbiana, por prostituta, por no cumplir con sus deberes de buena alemana. Cualquier mujer no casada, cualquiera que no tuviera hijos, cualquiera que fuera promiscua o lo pareciera, no era solo sospechosa, sino culpable. La invisibilización de las lesbianas por parte del régimen se basaba en el machismo estructural: se negaba la posibilidad que las mujeres tuvieran deseos propios fuera del control masculino. Ser lesbiana era visto como un «agravante» dentro de una sociedad que ya castigaba la independencia de las mujeres. A pesar de esta represión, muchas encontraron maneras de resistir.
Las lesbianas de Berlín fundaron asociaciones y clubes sociales como Violetta, Monbijou o Eldorado, donde celebraban reuniones informales para impulsar redes y conexiones entre ellas. Las listas de asociaciones sirvieron para que la Gestapo pudiera detener a todas las personas homosexuales. Los lugares de reunión se anunciaban en una nueva prensa para lesbianas que surgió en la década de 1920, lo cual contribuyó al crecimiento de las redes de lesbianas. Entre estas publicaciones estaban Frauenliebe (Amor de mujeres) y Die Freundin (La novia). En las ciudades más grandes, el público podía comprar estas publicaciones en los puntos de venta de diarios y también por correo.
El triángulo rosa: el horror de los hombres gays
Por otro lado, los hombres gays fueran objeto de una persecución feroz. Con la modificación del párrafo 175 del Código Penal alemán en 1935, una amplia variedad de conductas sexuales entre hombres fueron criminalizadas. Se calcula que entre 5.000 y 15.000 hombres gays fueron encarcelados en campos de concentración, marcados con triángulos rosas, a menudo más grandes para que fueran blancos más visibles en las ejecuciones a distancia. Los triángulos rosas se convirtieron en sinónimo de sufrimiento extremo, puesto que estos presos ocupaban el nivel más bajo en la escala de la jerarquía de los campos, siendo víctimas de constantes abusos físicos y sexuales.
Los testimonios de Josef Kohout, Pierre Seel y Rudolf Brazda, tres supervivientes que relataron las atrocidades que sufrieron, nos recuerdan la magnitud de este horror. Kohout, por ejemplo, escribió el libro El hombre con el triángulo rosa, donde narró las condiciones inhumanas y los abusos a los cuales eran sometidos los presos gays, que ocupaban el escalafón más bajo dentro de la jerarquía de los campos de concentración.
A veces, a los prisioneros con triángulos rosas se les asignaban los trabajos más agotadores y exigentes del sistema de trabajo de los campos. Con frecuencia eran objeto de abuso físico y sexual por parte de los guardias y otros presos. En algunos casos los golpeaban y humillaban en público, y a veces los separaban del resto de prisioneros para prevenir la “propagación de la homosexualidad” a otros prisioneros y guardias. Incluso, los jueces y los oficiales de los campos de las SS podían ordenar la castración de un prisionero homosexual sin su consentimiento.
Un legado de resistencia
Estas historias de represión y resistencia, silenciadas demasiado tiempo, no tienen que caer en el olvido para honrar la memoria de todas aquellas personas que sufrieron y lucharon contra un sistema que quería borrarlas. Por eso, cada 27 de enero conmemoramos el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, una fecha para honorar los millones de personas asesinadas por el régimen nazi.

