— Te has conducido como una golfa. Después de emborracharte indecentemente, has tenido que proclamar con voz en grito tus pecados para que todo el mundo se entere de lo que eres.
[…]
— Es preciso que hagas lo que se te mande. Es preciso que te cures.
—¿Curarme?… ¿De qué?
(De Muchachas de uniforme, 1933; trad. de Therese Scheppelmann)

Hace poco más de un mes pude ver, por fin, en DVD, la conocida como la ‘primera película de temática lésbica’: Mädchen in Uniform [Muchachas de uniforme] –restaurada y recuperada por feministas en los años setenta–, una obra maestra, sin duda alguna, que me sorprendió tanto argumental como técnicamente, sobretodo por la crítica social que rezuma y un claro recelo ante el ascenso del nazismo, y también por una interpretación impecable; un éxito de público allí donde se estrenó de Europa, México y Japón, e incluso de EEUU, al superar, con la ayuda de Eleanor Roosevelt, una absurda censura. Dirigida por Leontine Sagan en 1931, la película en cuestión se inspira en una célebre pieza teatral, Ritter Nérestan [Caballero Nérestan], 1930 –retitulada Gestern und Heute [Ayer y hoy] al año siguiente–, de la escritora y escultora alemana Christa Winsloe, quien también participó en el guión y que, dos años después, publicó una novela sobre el mismo tema, Das Mädchen Manuela –con un final diferente al del film, más previsible, que recuperaba el de la obra de teatro: una resolución siempre titubeante entre deseo y realidad, como la misma vida (volveré a ello más adelante)–, editada en español en 1933, en traducción de Therese Scheppelmann, de donde he extraído las citas, y en 1934, en traducción de Julia de Aguirre y Estanislao Quiroga, con una portada infame.

Pues bien, Mädchen in Uniform –ambientada en 1910, en un castrense internado femenino de Postdam, Prusia– cuenta la historia de una joven de 14 años y medio, huérfana de madre –Manuela von Meinhardis–, que, obligada por su tía a vivir en una escuela para hijas de militares regentada por una férrea directora donde lo único que importa es el orden, la disciplina y la obediencia ciega, acaba enamorándose de una de sus profesoras, la señorita Elisabeth von Bernburg, la que mejor las trata, a ella y a sus compañeras. Dicen que el visionado del beso de buenas noches entre profesora y alumna, por parte del jefe de producción de la MGM, fue crucial para que la película Queen Christina (1933) incluyera la escena en que Cristina de Suecia –Greta Garbo– y la condesa Ebba Sparre –Elizabeth Young– se besan en los labios con total naturalidad.

Y ¿a qué santo viene hablar ahora de una película de hace más de 86 años?… Pues, porque resulta que el 26 de abril es el Día de la Visibilidad Lésbica, y con este artículo quiero rendir un pequeño homenaje a Christa Winsloe, la autora del guión, y sobre todo a Mädchen in Uniform, ja que, si se la ha apartado de la historia canónica del cine, no ha sido por moralidades mojigatas –que también podría ser, a pesar de no haber ninguna secuencia de sexo explícito: la censura que el film sufrió tuvo más que ver con su crítica a la autoridad–, sino por una razón más simple, o por dos, o tres, no nos dejemos enredar: haber sido dirigida por una mujer, que la autora de la obra en que se basa fuera lesbiana y, encima, estar interpretada sólo por mujeres. Quizás por eso el nombre de Leontine Sagan no figura junto al de coetáneos como Fritz Lang, Georg Pabst o Josef von Sternberg, por ejemplo. Ser mujer invisibiliza –lo acabamos de ver–, y confesarte lesbiana acaba de borrarte del mapa, como veremos. Una especie de ‘morir de éxito’. Un contrasentido, ni más ni menos.

El lesbianismo, el amor entre mujeres, siempre ha sido más tabú que ilegal, por lo menos desde que hay ley escrita, incluyendo la Biblia. Para muchos –aún ahora– la mujer no tiene sexualidad propia, sino por poderes: los que tiene a bien concederle el orden patriarcal de turno. Y si, a pesar de las dificultades, acaba teniendo relaciones ‘naturales’ o en otros parajes, no pasa nada mientras se lo guarde para sí y el honor ‘patrio’ quede salvo: el vecindario suele preferir cerrar los ojos y hacer como aquel. Tanto es así que –tal como relata Victòria Sau en Mujeres Lesbianas, 1979–, cuando en 1885, en Inglaterra, la Reforma del Derecho Criminal declaró lícita la persecución de todo acto homosexual entre adultos, sin discriminación de sexos, la reina Victoria se negó a firmarla mientras no se suprimiese toda referencia a las mujeres, declarando que ella no creía en la existencia de las homosexuales. En el hilo de twiter #SeñorasQueSeEmpotraronHaceMucho, de Cristina Doménech, encontraréis muchas anécdotas históricas divertidísimas.

Ahora bien, ¿qué ocurría si una lesbiana ‘inexistente’ osaba confesar su amor ‘antinatural’ o sin querer se le escapaba?… Pues, muy sencillo: si el escándalo era tan mayúsculo que ninguna puerta podía volverlo a enclaustrar –es decir, si se convertía en una amenaza real para el sistema–, no quedaba más remedio que cortar de raíz la ‘anormalidad’ para que no contagiara a las prójimas (en palabras de la directora del internado de Postdam: “Esa chica es la peste. Contagiará a todas las demás. Es un peligro para la casa y para la reputación de la escuela”).

Ser o no ser, éste era y, al parecer, aún lo es, el dilema. Porque, no nos engañemos, a veces salir del armario puede añadir más hándicaps al hándicap que ya sufrimos de partida: ser mujer. Y no es justo. No. Y tener que escoger entre decir o callar puede paralizarte, sí; pese a saber que ‘lo que no se ha dicho’ acaba transformándose en ‘lo que no puede ser dicho’, que lo que habla Maria-Mercè Marçal en su artículo “Entre dones”; pese a saber que en lugar de un ágape ‘normal’ tendrás que conformarte con las migajas y que, si buscas referentes que te expliquen quien eres, tendrás que hacer de arqueóloga.

Porque, como dice Adrienne Rich, «… la invisibilidad es una condición peligrosa y dolorosa, y las lesbianas no somos las únicas personas que la conocen. Siempre que los que tienen el poder de nombrar y de construir socialmente la realidad eligen no verte u oírte, por ser una persona de piel oscura, anciana, discapacitada, una mujer, o alguien que habla con un acento o en un dialecto diferente al suyo; siempre que alguien con la autoridad de un profesor habla, describe el mundo en el que tú no estás incluida; siempre que esto ocurre, se da un momento de desequilibrio psíquico, como si miraras en un espejo y no vieras nada.» (“Invisibilidad en la Universidad”. Sangre, pan y poesía. Trad. de María Soledad Sánchez Gómez)

Por eso una parte de mí quiere gritar muy fuerte: «Están mirando a una lesbiana chillona. A una camionera enfadada. A una pervertida, a una desviada, queer, bollera, tortillera, a un monstruo. A una hija, hermana, sobrina, madre, prima, suegra, la cobradora del autobús, una actriz, la mujer del obispo, una diputada, una maquinista, secretaria, profesora, la mujer de la limpieza. Estoy en todas partes. Estoy en sus ejércitos, en sus escuelas, mirándolos en los trenes cuando pasan, sentada a su lado en el autobús repleto, en la butaca D22, sí, caballero, justo al lado suyo. Estoy aquí para quedarme, para infiltrarme, para convertir.» (Jill Posener. Any Woman Can, 1987; trad. de Ana Zamorano)

Sin embargo, siempre queda la paradoja. Porque la verdad es que visibilizar tu lesbianismo tarde o pronto te asegura el castigo, o cuando menos el vacío, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente. Porque, por mucho que digan que no es cierto, es así de crudo: si no haces demasiado ruido, se te perdona que seas lesbiana e incluso se te permite salir de vez en cuando de la jaula. Christa Winsloe lo sabía, como tantas y tantas otras –desdichadamente las cosas no han cambiado tanto como creemos–; quizá por ello, al publicar la novela del film, prefirió acabarla con el final infeliz de la obra de teatro y no con el final feliz de la película.

Y, hablando de la película, un consejo: no os la perdáis. Mädchen in Uniform, la obra maestra de Leontine Sagan, no te decepciona en ningún momento del metraje: te embelesa, desde el principio hasta el sugerente final, con un sinfín de complicidades y transgresiones sororales contra la autoridad y el que dirán; unas complicidades que bailan al compás de la banda sonora, magnífica, y pionera; que se atornillan, insinuantes, alrededor de amores adolescentes que no sabes muy bien si son correspondidos o no, y no te importa. Plano tras plano, con las voces, las miradas, los silencios… las ‘muchachas de uniforme’ cuchichean “insurrecciones, escándalos e ideas revolucionarias”, según la directora del internado. Y, por fin, la última escena…, un baño de sororidad que te deja con un sonrisa de felicidad de oreja a oreja.

Encarna Sant-Celoni i Verger, escritora y traductora

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Encarna Sant-Celoni i Verger, escriptora i traductora
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